Muchas organizaciones dan por sentado que los problemas de comunicación se deben principalmente a que los equipos trabajan en idiomas diferentes. En realidad, la mayoría de los problemas de comunicación se producen a pesar de que todos hablan inglés.
La comunicación es mucho más que vocabulario y gramática. Implica suposiciones, expectativas, contexto, tono e interpretación. Dos personas pueden hablar exactamente el mismo idioma y, aun así, salir de una conversación con interpretaciones totalmente diferentes de lo que se ha hablado.
Esto se hace especialmente patente en entornos internacionales. Cada persona aporta sus propios supuestos sobre la forma en que debe comunicarse la información de manera directa, cómo deben plantearse las inquietudes, qué se considera un nivel de detalle suficiente y cuánto contexto debe proporcionarse. Estos supuestos están muy influidos por la cultura y la experiencia profesional, y a menudo están tan arraigados que las personas ni siquiera son conscientes de ellos.
Un directivo puede enviar un breve correo electrónico creyendo que las instrucciones son perfectamente claras y eficaces. El destinatario puede leer ese mismo mensaje y tener dudas sobre las prioridades, las expectativas o los resultados esperados. Una parte interesada puede plantear una pregunta esperando que se genere un debate abierto y se planteen objeciones, mientras que los empleados interpretan la pregunta como una solicitud de confirmación más que como un debate.
Ninguna de estas situaciones indica necesariamente una falta de habilidades comunicativas. Más bien, demuestran que la comunicación es un proceso de interpretación tanto como de intercambio de información.
Esta es una de las razones por las que la comunicación intercultural se haya convertido en una capacidad tan importante para las organizaciones internacionales. Una comunicación eficaz no solo depende de lo que se dice, sino también de cómo es probable que los mensajes sean interpretados por los distintos públicos.