Muchas organizaciones crean centros de continuidad de negocio (GCC) con objetivos ambiciosos. Buscan una mayor eficiencia, una mejor escalabilidad, acceso a personal especializado, una mayor innovación y una mayor resiliencia operativa. En las primeras fases, la atención suele centrarse en la contratación, la infraestructura, la implantación de sistemas y la transferencia de conocimientos. Estas prioridades son totalmente comprensibles, ya que el objetivo inmediato suele ser garantizar la continuidad y mantener la prestación de servicios.
Sin embargo, una vez superada la fase inicial de puesta en marcha, suele surgir un reto diferente. A pesar de contratar a personas con talento e invertir en programas de formación reglada, los líderes empiezan a darse cuenta de que no se están cumpliendo ciertas expectativas. Los empleados siguen elevando a niveles superiores problemas relativamente sencillos, la toma de decisiones sigue concentrada en un pequeño grupo de altos directivos y las partes interesadas de la sede central expresan su preocupación por el nivel de apoyo que aún se requiere por parte de los equipos locales.
En muchos casos, estos problemas no se deben a deficiencias en los conocimientos técnicos. Más bien, reflejan una brecha entre el conocimiento y la capacidad. Es posible que los empleados sepan cómo realizar tareas específicas, pero se sientan inseguros ante situaciones desconocidas. Puede que comprendan el proceso, pero carezcan de confianza para aplicarlo de forma autónoma. Es posible que posean sólidos conocimientos técnicos, pero tengan una experiencia limitada a la hora de gestionar relaciones complejas con las partes interesadas o de tomar decisiones en circunstancias ambiguas.
Esta brecha de capacidades suele pasar desapercibida durante los periodos de estabilidad, ya que los empleados pueden recurrir a procedimientos establecidos y rutinas con las que están familiarizados. Sin embargo, se hace mucho más evidente cuando las organizaciones se enfrentan a cambios, crecimiento, complejidad o retos inesperados. En ese momento, la capacidad de pensar de forma crítica, adaptarse, colaborar y ejercer el criterio propio cobra tanta importancia como la competencia técnica.