Los líderes mundiales deberían analizar si su organización premia el cuestionamiento genuino o si, en realidad, solo anima a los empleados a expresarse con franqueza en teoría. La prueba más importante reside en lo que ocurre cuando alguien cuestiona a un alto directivo, señala un error, alerta sobre un riesgo incipiente u ofrece una perspectiva impopular.
Los directivos deben adaptar los comentarios a cada persona y al contexto, manteniendo al mismo tiempo unos estándares de rendimiento coherentes. Deben tener en cuenta la relación, el nivel jerárquico, las preferencias de comunicación, el idioma, el entorno y el posible impacto del mensaje. La adaptación debe mejorar la comprensión, en lugar de reducir la claridad.
Los líderes deben evitar dar por sentado que el silencio implica acuerdo o que la ausencia de preguntas confirma la comprensión. Las preguntas concretas sobre riesgos, alternativas, hipótesis y dificultades de aplicación tienen más probabilidades de generar un debate útil que las invitaciones generales a realizar comentarios.
Los comentarios delicados deben transmitirse normalmente en privado y acompañarse de ejemplos claros, una explicación de las repercusiones en la empresa y expectativas prácticas de mejora. La comunicación por escrito puede servir para confirmar las medidas acordadas, sin sustituir por ello la conversación en sí.
Las organizaciones que deseen reforzar estas capacidades pueden beneficiarse de una formación práctica en comunicación intercultural que ayude a los líderes y a los equipos a comunicarse con claridad, plantear cuestiones de forma constructiva, gestionar los desacuerdos y mantener relaciones laborales eficaces entre diferentes culturas.