Muchos de los retos que plantea el comercio internacional pueden atribuirse, en última instancia, a las diferentes expectativas sobre cómo deben tomarse las decisiones.
Las organizaciones suelen dar por sentado que la toma de decisiones es, ante todo, un proceso empresarial impulsado por la lógica, los datos y las prioridades comerciales. Si bien estos factores son, sin duda, importantes, la cultura también desempeña un papel significativo a la hora de determinar cómo se debaten las decisiones, quién participa en ellas, con qué rapidez se llegan a conclusiones y cómo se asignan las responsabilidades una vez tomada la decisión.
Cuando equipos de distintos orígenes culturales trabajan juntos, estas diferencias suelen hacerse evidentes. Los empleados pueden sentirse frustrados por lo que perciben como una lentitud en la toma de decisiones, un exceso de consultas, una falta de implicación o una participación insuficiente de las partes interesadas. Sin embargo, estas frustraciones suelen surgir porque las personas actúan partiendo de supuestos diferentes sobre cómo debe ser una buena toma de decisiones.
En algunas culturas empresariales se valora la rapidez. Las decisiones pueden tomarse con celeridad, a menudo por un grupo relativamente reducido de personas, con la idea de que es preferible actuar y hacer ajustes que mantener largos debates. En otros entornos, las decisiones pueden requerir amplias consultas, la coordinación entre las partes interesadas y la búsqueda de consenso antes de asumir cualquier compromiso formal.