La comunicación nunca es culturalmente neutra.
Cada cultura empresarial desarrolla una serie de supuestos sobre cómo debería ser una comunicación eficaz. Estos supuestos influyen en la forma en que las personas hablan, escriben, cuestionan ideas, participan en reuniones, expresan sus opiniones, negocian prioridades y responden ante los desacuerdos.
En algunos entornos empresariales, se espera que la comunicación sea muy explícita. La claridad se asocia con la eficiencia y la profesionalidad. Se anima a las personas a expresar sus opiniones abiertamente, a cuestionar las ideas de forma directa y a comunicar sus expectativas con claridad. Las reuniones pueden incluir debates enérgicos, discusiones rápidas y desacuerdos muy evidentes sin que ello se considere algo negativo.
En otros entornos, la comunicación funciona de forma bastante diferente. Se puede dar mayor importancia a la diplomacia, la armonía y el mantenimiento de las relaciones. Las personas pueden expresar sus inquietudes de forma más indirecta, suavizar los desacuerdos o evitar confrontar abiertamente a sus compañeros en entornos públicos. El significado suele transmitirse a través del contexto, el tono y la dinámica de las relaciones, más que únicamente mediante un lenguaje muy explícito.
Ninguno de los dos enfoques es intrínsecamente mejor que el otro. Ambos funcionan eficazmente dentro de su propio contexto cultural.
El problema surge cuando los equipos internacionales dan por sentado que sus propias normas de comunicación son universales. Una vez que se afianza esta idea, los estilos de comunicación desconocidos suelen interpretarse de forma negativa, en lugar de tener en cuenta el contexto.
Las personas con un estilo de comunicación directo pueden llegar a la conclusión de que sus compañeros son evasivos o no están dispuestos a asumir responsabilidades. Por su parte, quienes tienen un estilo de comunicación más indirecto pueden percibir a sus compañeros directos como innecesariamente agresivos o insensibles. Los equipos que valoran la comunicación rápida pueden interpretar la cautela como ineficiencia, mientras que los equipos que valoran una consulta minuciosa pueden considerar que la comunicación rápida es imprudente o poco coordinada.
Con el paso del tiempo, estas interpretaciones influyen en la confianza, la colaboración y el rendimiento del equipo mucho más de lo que muchas organizaciones creen.